Yahvé, la personalidad irracional de un dios

Yahvé era el dios de la guerra de los Israelitas. Yahvé era el dios asesino y castigador de la mitología israelita. Una personalidad narcisista se caracteriza por sentimientos de grandeza, es decir, se sienten superiores a todos los demás, necesitan ser admirados, y reaccionan con ira o depresión ante la crítica. Una personalidad antisocial se caracteriza por no tener en cuenta los derechos y los sentimientos de los demás. Yahvé también manifiesta este trastorno mental como lo podemos ver a continuación..

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Por José Antonio Campoy

El sincretismo religioso que supone el cristianismo, rama desgajada a fin de cuentas del judaísmo cuando los entonces fundadores del movimiento entendieron que el Mesías tanto tiempo esperado por ellos y anunciado por sus profetas era Jesús de Nazaret, hizo que se asumieran como propias todas las creencias ancestrales del «pueblo elegido», y que aún hoy en día se considere al Antiguo Testamento un libro «sagrado». Algo que, a la luz de nuestros conocimientos actuales, se nos antoja irracional. Por ejemplo, entre las creencias más arraigadas se encuentra la de que Yahvé era Dios; y que, consecuentemente, cuando Jesús se dirigía al Padre, se dirigía a Yahvé. Algo absolutamente ridículo.

La versión griega del Antiguo Testamento tradujo la palabra hebrea berit (‘alianza’) por diathéke, que significa ‘disposición’, y de ahí el empleo del término testamentum de la Vulgata (versión latina de la Biblia, única oficial en la Iglesia Católica latina desde el Concilio de Trento de 1546) y, por tanto, del nombre de Antiguo Testamento para designar la «Alianza» que Yahvé concluyó con Israel, en contraposición al Nuevo Testamento, que refleja la «Nueva Alianza» sellada por Jesucristo.

En otras palabras, y de forma simplista, para los judíos el único «libro sagrado», la Biblia, es lo que para los cristianos es el Antiguo Testamento. Es decir, un conjunto de libros históricos, mayoritariamente escritos en hebreo, que se fueron recopilando a lo largo de ocho siglos hasta constituir el bloque actual. Libros a los que se atribuyó carácter de «revelados» y cuyo contenido fue tenido, consecuentemente, como «palabra de Dios». Y, sin embargo, el discurso de Cristo fue demoledor para tales creencias, al punto de que la mayor parte de aquellas normas y preceptos quedaban, si se atendían —y entendían— sus palabras, obsoletos. Lo que sucede es que los seguidores de Jesús eran judíos, él mismo se formó en las enseñanzas tradicionales —recuérdese su intervención en el templo ante los doctores de la Ley— y no debió ser fácil para sus discípulos comprender que el Dios del que hablaba no se correspondía —ni por asomo— con Yahvé. De hecho, tan evidente contradicción trajo locos a los exégetas y teólogos, hasta que llegaron a un sincretismo tan singular que Yahvé pasó a ser tenido como un Dios «justo y misericordioso», como si ambas cualidades fuesen compatibles. Porque o se es «justo» —y, dicho gráficamente, el que la hace, la paga— o se es misericordioso —y entonces se ejerce el perdón y no la justicia—. En suma, o se cree en el Dios de Amor que predicó Jesús o en el Dios celoso, déspota, sanguinario y cruel que fue Yahvé.

Y si tiene usted duda alguna del carácter de ese personaje, moléstese simplemente en leer la Biblia o, cuando menos, en atender los siguientes párrafos entresacados del texto bíblico.

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Un Yahvé asesino

Cuenta el Antiguo Testamento, por ejemplo, que cuando Coré se rebeló contra Moisés, éste le ordenó presentarse con 250 de sus hombres portando incensarios ante Yahvé a la puerta de la Tienda del Encuentro. Y que habiendo acudido éstos, junto al resto de la comunidad, Moisés dijo entonces: «“En esto conoceréis que Yahvé me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía: si mueren estos hombres como muere cualquier mortal alcanzado por la sentencia común a todo hombre, es que Yahvé no me ha enviado. Pero si Yahvé obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y bajan vivos al seol (profundidades de la tierra), sabréis que esos hombres han re­chazado a Yahvé”. Y sucedió que nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a todos los hombres de Coré con todos sus bienes» (Números 16, 28-30). Añadiéndose más adelante que «brotó fuego de Yahvé, que devoró a los 250 hombres que habían ofrecido el incienso» (Números 6, 35).

¿Alguna duda de cómo se las gastaba Yahvé? Pues más adelante, al relatar uno de los episodios durante la travesía del «pueblo elegido» durante ¡40 años! por el desierto —lo que, de por sí, sugiere que Yahvé debía ser dado a las bromas pesadas o tenía muy mal humor— la Biblia narra cómo los judíos empezaron a impacientarse, no entendiendo qué hacían dando vueltas y más vueltas sin llegar a ninguna parte, por lo que manifestaron esa inquietud a Moisés. Bueno, pues la reacción de Yahvé no fue precisamente comprensiva, sino «aleccionadora». Así se cuenta en Números 21, 6: «Envió entonces Yahvé contra el pueblo serpientes abrasadoras que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel». Vamos, como para que cualquiera protestara.

Un Yahvé «celoso» y posesivo

No deja de llamar también la atención el carácter posesivo y celoso del tal Yahvé. Y, desde luego, sorprende que tuviera tanto recelo a la hora de exigir fidelidad, manifestando abiertamente el temor de que «su» pueblo decidiera dejarle e irse «con otros dioses». Basta para ello leer en Deuteronomio 7, 9-10 la advertencia que le hace a Moisés: «Has de saber, pues, que Yahvé tu Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos, pero que da su merecido en su propia persona a quien le odia, destruyéndole». Advirtiéndole luego: «Pero si llegas a olvidarte de Yahvé tu Dios, si sigues a otros dioses, si les das culto y te postras ante ellos, yo certifico hoy ante vosotros que pereceréis. Lo mismo que las naciones que Yahvé va destruyendo a vuestro paso, así pereceréis también vosotros por haber desoído la voz de Yahvé vuestro Dios» (Deuteronomio 8, 19-20). ¿Otros «dioses»? ¿Tenía miedo Yahvé de que su pueblo prefiriera a otros «dioses»? Pues se nos antoja un «dios» muy humano, la verdad.

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Un Yahvé torturador

Y no es sólo que fuese vengativo. Porque basta leer el episodio en el que se narra que Israel se estableció en Sittim y el pueblo de Yahvé —modélico él— se puso a «fornicar con las hijas de Moab» y se postraron ante sus dioses, y comprobar la reacción que tuvo: «Dijo Yahvé a Moisés: “Toma a todos los jefes del pueblo y empálalos en honor de Yahvé cara al sol; así cederá el furor de la cólera de Yahvé ante Israel”. Dijo Moisés a los jueces de Israel: “Matad cada uno a los vuestros que se hayan adherido a Baal de Peor” (Números 25, 4-5). Añadiendo más adelante que «murieron de aquella mortandad veinticuatro mil» (Números 25, 9).

En definitiva, además de asesino, un torturador capaz de empalar —técnica que consiste en introducir un gran palo por el ano a las personas e insertárselo hasta la boca— a quien, según su paranoico parecer, le traicionaba.

Un Yahvé vengativo

También en Números 31, 2 leemos cómo Yahvé le dice a Moisés: «Haz que los israelitas tomen venganza de los madianitas». Pues bien, según ese mismo texto, los israelitas mataron a todos los varones y además «hicieron cautivas a las mujeres de Madián y a sus niños y saquearon su ganado, sus rebaños y todos sus bienes. Dieron fuego a todas las ciudades en que habitaban y a todos sus campamentos» (31, 9-10). Y no contento con eso, Moisés ordenó matar «a todos los niños varones» y «a toda mujer que haya conocido varón». Digno discípulo de tan criminal señor.

Un Yahvé pirata

Pero aún hay más, porque en el mismo texto se comenta cómo el «pueblo elegido» se reparte el botín tras los saqueos —incluidas en él en esta ocasión las 32.000 mujeres «que no habían dormido con varón» (es decir, vírgenes)—, quedando meridianamente claro que también Yahvé participó del mismo (Números 31, 28). De hecho, la parte del botín que se llevó Yahvé viene reflejada en el texto bíblico, donde se explicita que le correspondieron 675 cabezas de ganado lanar, 72 de vacuno y 61 de asnal, así como 32 prisioneros (Números 31, 32-40). Botín que se completó, según leemos en Números 31, 52, con dinero en metálico: «El total del oro de la reserva que guardaron para Yahvé, de parte de los jefes de millar y de cien, fue 16.750 siclos». Y uno no puede dejar de preguntarse para qué quería «Dios» tanto ganado, dinero en metálico y 32 esclavos (¿mujeres tal vez?).

Un Yahvé amoral

Y no piense el lector que los preceptos y normas del tal Yahvé tienen algo que ver con las formuladas por Jesús. Basta leer el Código Deuteronómico (ver Deuteronomio 12 a 28) para comprobar de qué clase de personaje estamos hablando y qué peculiar ética tenía, más propia de una mente enferma que de Dios. Y valga como muestra un ejemplo: «Si un hombre encuentra a una joven virgen no prometida, la agarra y se acuesta con ella, y son sorprendidos, el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta monedas de plata; ella será su mujer porque la ha violado, y no podrá repudiarla en toda su vida». (Deuteronomio 22, 28-29). Huelgan comentarios.

Un Yahvé magnicida

Y no se engañe, amigo lector. No es que Yahvé fuera un asesino: era un auténtico magnicida. Veamos algunos ejemplos. Al hablar de la conquista del reino de Sijón, Moisés cuenta cómo Yahvé le ordenó apoderarse de ese territorio y la batalla que tuvo lugar en Yahás, confesando: «Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente» (Deuteronomio 2, 34). Hecho que se repetiría con la conquista del reino de Og, reconociendo el texto bíblico igualmente que mataron a todos sus habitantes, sin dejar «ni un superviviente» (Deuteronomio 3, 3).

¿Y qué decir del exterminio cometido por el pueblo israelita sobre los benjaminitas por orden expresa de Yahvé? Así podemos leerlo en Jueces 20, 35: «Yahvé derrotó a Benjamín ante Israel y aquel día los israelitas mataron en Benjamín a veinticinco mil cien hombres, todos ellos armados de espada», añadiendo más adelante que luego «pasaron a cuchillo a los varones de la ciudad, al ganado y a todo lo que encontraron». Ello, además de incendiar todas las ciudades a su paso (Jueces 20, 48). Y por si a alguien le queda alguna duda de la catadura del tal Yahvé, veamos lo que Samuel le transmite a Saúl por orden de Yahvé, en relación a la guerra que entablaron con los amalecitas: «Ahora vete y castiga a Amalec, consagrándolo al anatema con todo lo que posee; no tengas compasión de él, mata hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos» (I Samuel 15, 3). ¿El resultado? Según el texto bíblico, que Saúl «capturó vivo a Agag, rey de los amalecitas, y pasó a todo el pueblo a filo de espada en cumplimiento del anatema» (I Samuel 15, 8).

Recordemos, por último, que la batalla celebrada entre los israelitas comandados por Asá y Judá y el ¡millón de etíopes! dirigidos por Zeraj, finalizaría —siempre según el texto bíblico— con la muerte de todos ellos «hasta no quedar uno vivo» (II Crónicas, 14, 12). ¿Un millón, pues, de muertos?

Epílogo

No piense el lector que lo narrado en este artículo es un amplio resumen de las acciones más abominables de Yahvé; es sólo una pequeña muestra. El número de actos deleznables que uno puede encontrar en el Antiguo Testamento es mucho más amplio. Por mi parte, sólo me resta hacerle una pregunta: ¿de verdad sigue usted creyendo que Yahvé era Dios?

Má información en : sindioses.org

 

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