La curandera que salvó cien vidas

Zura Karuhimbi no tenía armas para defenderse cuando un grupo de hombres con machetes rodeó su casa y le exigió que entregase a todas las personas que se refugiaban dentro. Lo que sí tenía era una reputación por sus poderes mágicos. Esta reputación, y el miedo que engendró en este grupo de hombres fuertemente armados, fue suficiente como para proteger a más de o 100 personas durante el genocidio de Ruanda…

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Karuhimbi , según numerosas historias escritas sobre su vida, nació en una familia de sanadores tradicionales alrededor del año 1925. Podría decirse que su camino hacia lo que ocurrió en su país en 1994 empezó cuando ella era apenas una niña. La familia de Karuhimbi era hutu, el grupo mayoritario en Ruanda. La minoría tutsi era considerada superior, y, por ello, en tiempos de la colonia tuvieron acceso a mejores trabajos y oportunidades de estudio.

Su esposo y varios de sus hijos fueron asesinados durante el genocidio, lo que la llevó a dar cobijo a más de un centenar de personas en su vivienda y a amenazar a los milicianos con usar sus poderes como curandera. Los Interahamwe creían que podría echarles una maldición. Por su papel durante el genocidio, el presidente del país, Paul Kagame, la galardonó con la Medalla de Honor de Ruanda.

El efecto del colonialismo

Las tribus de hutus, tutsis y twas convivieron por centurias en relativa paz en el territorio de la actual Ruanda. Los tutsis, sin embargo, pese a ser una minoría, lograron poder económico y político y dominaron el territorio. A fines de 1800 Alemania tomó control de esa zona de África gracias a lo estipulado por la Conferencia de Berlín de 1884. La colonia se denominó África Oriental Alemana. Los alemanes no alteraron significativamente la estructura social del país y se limitaron a apoyar al rey existente.

Las fuerzas belgas tomaron el control de Ruanda y Burundi (entonces una sola entidad estatal) durante la Primera Guerra Mundial y ejercieron un gobierno colonial más directo. Los belgas acometieron importantes obras de infraestructura e introdujeron nuevas plantaciones, para intentar mejorar las condiciones de vida de los locales. Sin embargo, para mantener un poder más absoluto, iniciaron una perniciosa división y animadversión entre hutus y tutsis, alentando la supremacía de estos últimos.

En 1935, Bélgica obligó a la población a portar tarjetas de identificación para saber si eran tutsis, hutus o twas,  un sistema de identificación racial que dividió a los ciudadanos. Estos documentos de identidad permitían a los tutsis tener los mejores cargos públicos, asistir a universidades y tener poder político, alentando el odio racial de los hutus. La lucha por la independencia simplemente desató las pasiones étnicas.

Durante la década de los años 50, presionados por las Naciones Unidas, los colonos europeos favorecieron el surgimiento de movimientos democráticos con los que pretendían equilibrar la balanza entre las dos etnias. Los hutus fueron ocupando posiciones de privilegio, mientras los tutsis, recelosos de las nuevas políticas, perdían presencia en las instituciones y el ejército, y por ende, en las zonas estratégicas donde habían conseguido hacerse fuertes. Poco a poco el país sufrió una polarización cada vez más pronunciada, hasta que en 1959, el rey Kigeri V junto con decenas de miles de tutsis fueron obligados a exiliarse a la vecina Uganda durante lo que se bautizó como la revolución Hutu.

Las tensiones entre las dos etnias se encontraban en una escalada constante cuando 32 años más tarde, los tutsis se cobraron venganza cuando el 6 de abril de 1994 el avión en el que viajaba el presidente de Ruanda Juvénal Habyarimana (miembro de la mayoría hutu) fue derribado por un misil. Junto a él viajaba su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira. Este acontecimiento prendió la mecha de una cruenta guerra civil, un genocidio que la comunidad internacional consintió por dejación de funciones.

Genocidio en el que murieron más de 800.000 personas, la mayoría de ellas miembros de la minoría tutsi y hutus moderados. En su mayoría asesinados con machetes y otras armas blancas. En este mismo periodo se cometieron entre 250.000 y 500.000 violaciones, según la ONU. La masacre se extendió durante cien días ante la retirada del país de la misión de Naciones Unidas (UNAMIR), que retiró del país a la mayoría de efectivos después de que diez ‘cascos azules’ belgas fueran asesinados el 7 de abril.

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Zura, la ‘bruja’ salvavidas

Zura Karuhimbi tuvo la suerte de ser hutu. El segmento dominante del país se había propuesto eliminar cualquier vestigio de sus rivales, incluyendo a los niños de más corta edad. Los expertos que han analizado el conflicto ruandés califican lo que allí sucedió como el mayor acto de crueldad humana desde el holocausto de la Alemania nazi, pero incluso en la Sodoma más lasciva siempre hay un justo en el que germina la esperanza.

Zura nunca vio en sus vecinos el rostro del enemigo. Por eso, mientras en las calles corría la sangre que brotaba de los machetazos, ella decidió acoger en su casa, ubicada en la pequeña aldea de Musano, a todos los tutsis a los que pudo dar cobijo.

El rumor fue extendiéndose por las calles de la localidad hasta que un día, un grupo de soldados con el colmillo bien afilado, se presentaron en su puerta y le exigieron que entregase a “las cucarachas” a las que estaba dando resguardo. Para el ejército tutsi, Zura se había convertido en una traidora de su etnia, pero ella estaba decidida a dejarse la vida para salvaguardar la integridad del centenar de personas que encontraron en aquellas cuatro paredes su última oportunidad para sobrevivir. “Si ellos mueren yo moriré también”.

Zura estaba completamente desarmada, pero en un país donde las supercherías religiosas podían asustar hasta al miliciano mas corpulento, decidió hacerse pasar por una bruja cuyos poderes le habían sido asignados por los mismísimos dioses. “Su única arma era asustar a los asesinos diciendo que les soltaría unos espíritus para que les persiguieron a ellos y a sus familias”, recuerda Paul Bucyensenge, uno de los hombres que salvó la vida gracias a esta valerosa mujer, y añade: “Se ponía unos brazaletes en las manos que agitaba a gran velocidad y comenzaba a convulsionar fingiendo que estaba poseída por algún espíritu maligno que perseguiría a los milicianos si se atrevían a entrar en la casa”. Otra de sus tácticas consistía en untarse las manos con una hierba irritante para que así, cuando tocaba a los soldados, estos sintieron una quemazón que los incautos achacaban a sus poderes sobrenaturales. Y aunque pueda resultar sorprendente funcionó.

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Paul Bucyensenge

En 1997 el conflicto acabó y mientras las calles del país rezumaban el pestilente olor de los cadáveres, las alrededor de 100 personas que permanecieron en la casa de Zura lograron salir con vida. Mujeres, hombres y niños. Tutsis, burundeses e incluso tres europeos a los que la guerra les sorprendió en mitad del país.

Con el paso de los años llegó a reencontrarse con algunos de ellos, incluido uno muy especial. En 1959, en plena efervescencia de las tensiones étnicas, Zura le recomendó a una de sus vecinas tutsis que cogiera unas piedras de su collar y las atara al pelo de su hijo, un bebé de apenas dos años. “Pensé que si hacía eso los milicianos creerían que era una niña. En aquellos días solo mataban a los niños”, recordó en declaraciones a Vice. Aquel niño era Paul Kagame, actual presidente de Ruanda y el encargado de entregarle la medalla de honor del país en 2006 por su labor solidaria durante el genocidio.

Zura falleció el diciembre pasado. Nadie sabe exactamente qué edad tenía. Unos dicen que superaba los 100 años, pero los documentales oficiales, o más bien oficiosos, aseguran que contaba 93. Sea como fuere, los ruandeses dicen que los muertos nunca se van mientras haya alguien que los recuerde, y a buen seguro que el legado de Zura perdurará para siempre en la memoria de las personas a las que ayudó a escapar de la barbarie. En las suyas y en las de sus hijos y en las de los hijos de sus hijos, que podrán colaborar en la reconstrucción de un país que todavía supura sus heridas, gracias a la valentía de una mujer que se atrevió a decir no.

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