Tácticas de guerra de los aztecas

Entre los métodos de tortura psicológica, los sonidos resultan sumamente efectivos a la hora de provocar determinadas sensaciones en las personas. Algunos aseguran que el rugido de un león o el siseo de una serpiente resultan suficientes para desencadenar una reacción instintiva de temor en las personas. Se trata de un mecanismo evolutivo que nos permite reaccionar de forma eficiente ante un peligro inminente

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Existe una creencia de que los soldados que experimentan un constante fuego de artillería se hacen muy sensibles a estos estruendos, al grado que algunos son capaces de detectar, con segundos de antelación, el instante en que se producirá un sonido alto.

En aquella época de la II Guerra Mundial donde las bombas alemanas se precipitaban sobre suelo británico, se esparció el rumor de que algunos habían desarrollado una especie de sexto sentido para predecir el lugar exacto donde caerían las bombas. Dicha habilidad se basaba en el estruendo que provocaban los bombarderos al surcar los aires y el de las bombas cayendo en picada. Con una precisión increíble, estas personas supuestamente determinaban si había una amenaza próxima a su ubicación.

Audición humana y supervivencia

Nuestro sentido de la audición está muy lejos de alcanzar la capacidad que han logrado otros animales en la naturaleza, sin embargo, resulta sumamente eficiente a la hora de captar sonidos y asignarles un significado. Nuestro cerebro es capaz de procesar los sonidos en milésimas de segundo, ofreciéndonos la posibilidad de actuar a tiempo al momento de identificar una amenaza potencial.

En los albores de nuestra evolución como especie este mecanismo de interpretación resultó esencial para nuestra supervivencia. Sin estos sentidos afinados, nuestros ancestros difícilmente hubieran logrado sobrevivir a los depredadores, trampas de la naturaleza y toda clase de peligros que existen en el mundo.

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Los aztecas

Toda esta información termina conduciéndonos al tema central de esta publicación, un sonido tan aterrador que, de forma inconsciente, es capaz de infundir en aquellos que lo escuchan un poderoso deseo por salir corriendo.

Imagina aquella época en el actual territorio mexicano previo a la llegada de los conquistadores españoles. En esos tiempos, la mayoría de los hombres tenían vocación de guerreros y la obligación de tomar las armas para defender a su comunidad, que constantemente era amenazada por otros guerreros de un imperio más poderoso y bélico.

Mucho se habla de la costumbre que tenían los aztecas por atacar a sus vecinos más débiles para sumar riqueza, esclavos y alimentos al Imperio. Se trataba de ataques relámpago, característicos por la letalidad sobre los objetivos, la eficiencia para capturar mujeres y niños que estaban destinados al sacrificio y el robo de las cosechas. No había otra forma de hacer frente a este destino más que pelear.

Pero la efectividad de los aztecas en el arte de hacer guerra no sólo atendía a un ejército bien entrenado y equipado, pues esta cultura ya empleaba algunos métodos de terror psicológico sumamente efectivos. Para los guerreros aztecas, la primera impresión lo era todo y el simple hecho de observar aquel ejército ya infundía terror en sus enemigos. Antes de iniciar con el derramamiento de sangre, los guerreros aztecas desplegaban una especie de guerra psicológica.

Tácticas de terror psicológico de los aztecas

Algunos historiadores creen que empezaban por esparcir rumores en los lugares que pretendían conquistar, incluso varios meses antes de organizar el ataque. A través de estos rumores, infundían en la población local la preocupación y temor por lo peor.

Por ejemplo, meses antes de enviar al ejército a conquistar un pueblo, sobornaban a los comerciantes para que divulgaran historias sobre las masacres y crueldades de sus guerreros, instaurando el temor en la comunidad.

Sin embargo, también se dedicaban a investigar las leyendas y los tabús de cada cultura que pretendían conquistar, pues de esta forma descubrían aquellos puntos débiles en el imaginario popular que les permitían debilitarlos moralmente. Se conoce que en muchos de estos ataques militares, los aztecas solían portar máscaras y accesorios específicos.

Por ejemplo, si llegaban a enterarse que determinado pueblo temía a una deidad, fabricaban máscaras con el rostro furioso de este ser para utilizarlas durante sus campañas. Y durante la batalla, solían gritar el nombre de este dios, como si fueran sus enviados. Muchas veces, estas tácticas servían para mermar la moral del enemigo provocando que se rindieran.

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El silbato de la muerte

Uno de los dispositivos de guerra más temibles que utilizaron los aztecas en el campo de batalla tenía la única intención de afectar la memoria auditiva, provocando en aquellos que lo escuchaban un terror sin precedentes. Este objeto se conocía popularmente como silbato de la muerte, y era uno de los más efectivos en el arsenal de guerra psicológica que desplegaba el Imperio Azteca.

En la “Melodía de las calaveras” se mezclaban lamentos, sufrimientos y una profunda crueldad que promovían temor y contaminaba a los rivales. En la actualidad sólo podemos imaginar lo impresionante que resultaba escuchar centenas de estos silbatos siendo soplados al mismo tiempo, todo esto mientras un ejército enorme marchaba directamente hacia ti con tambores y sonajas.

Pero el terror también entraba por los ojos con las grotescas máscaras, disfraces y en ocasiones piernas de palo que tenían como única intención hacerlos parecer más macabros. Otro sentido que era puesto al límite era el olfato, pues los aztecas quemaban sustancias que emanaban olores repugnantes, prendían antorchas que liberaban un brillo verdoso (por el azufre que contenían) y recurrían a toda clase de temor sobrenatural contra el enemigo. Aquella escena debía ser simplemente aterradora.

La llamada de los dioses

Hay motivos de sobra para suponer que ante este despliegue de “efectos especiales” y pirotecnia, los enemigos abandonaban las armas y se entregaban con la esperanza de recibir un poco de clemencia. Sin embargo, otorgar piedad raramente formaba parte del plan de los aztecas, un pueblo sumamente ingenioso y de costumbres crueles.

En Tlatelolco, hace aproximadamente dos décadas un equipo de arqueólogos descubrió un sacerdote sepultado con diversos artículos ceremoniales en el templo de Ehécatl, el dios del viento. Además de la indumentaria, la momia fue sepultada con un cuchillo de sílex en la cintura, se cree que lo utilizaban para los sacrificios, y un par de silbatos con forma de calavera en cada mano.

Se piensa que los sacerdotes empleaban estos silbatos durante los rituales para simular el soplido furioso del dios del viento que exigía el sacrificio. Estar sobre un altar de sacrificio, a punto de perder la vida, y escuchar el sonido de este silbato debía ser una experiencia traumatizante. El simple hecho de observar este ritual, con la inclusión de sonidos que parecían provenir del inframundo, resultaba suficiente para convencerte de que los dioses se estaban manifestando.

El sonido y el miedo

Algunos expertos están convencidos de que hay una profunda relación entre determinados sonidos e instintos que heredamos de nuestros antepasados. Cuando nuestro cerebro procesa determinado sonidos, genera una reacción inmediata que activa un mecanismo conocido por la neurobiología como reacción de lucha o huida.

Roberto Velazquez Cabrera, ingeniero e investigador que ha venido escudriñando los misterios del silbato de la muerte desde hace más de una década, supone que la aterradora “Melodía de las calaveras” constituye el ejemplo perfecto del mecanismo antes mencionado al ser capaz de generar un sentimiento de terror extremo.

Velazquez Cabrera llevó a cabo algunas simulaciones, sintetizó los sonidos producidos por el silbato y a continuación realizó una medición de la intensidad así como la reacción que provoca en las personas.

Aquellos individuos que fueron sometidos al sonido sin previo aviso mostraron una respuesta dramática: alteración del ritmo cardíaco, reacción en las pupilas e incluso afectaciones al estado de ánimo en general. A mayor intensidad, el efecto resultó más aterrador: sangrado nasal, desmayos y síntomas parecidos a un ataque de ansiedad.

El hecho de que estos instrumentos hayan sido ampliamente utilizados durante las batallas de los aztecas es un tema que divide a los historiadores. Sin embargo, resulta innegable la sensación de terror que producen en aquellos que los escuchan.

Fuentes e Imágenes: MX

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