Homo sapiens, asesino ecológico en serie

No hacen falta más pruebas. La comunidad científica coincide. La última desaparición global y masiva de biodiversidad no fue la del Cretácico y los dinosaurios, estamos inmersos en ella hoy en día. Bienvenidos a la sexta extinción…

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Texto: Pablo Rivas
Arte y diseño: Byron Maher y Sancho Somalo
Fotografía: David Fernández y Álvaro Minguito

Ocurrió hace unos 45.000 años, en un tiempo en el que la Tierra estaba dividida en varios sistemas ecológicos independientes, cada uno con una fauna y flora particular. No está claro cómo sucedió, y los estudiosos tienen serios problemas para explicarlo: salvar brazos de mar de más de cien kilómetros era una tarea titánica para los humanos de entonces.

Aquella hazaña fue, en opinión del historiador Yuval Noah Harari, autor de De animales a dioses: breve historia de la humanidad, “uno de los acontecimientos más importantes de la historia, al menos tan importante como el viaje de Colón a América o la expedición del Apolo 11 a la Luna”. Era la primera vez que un gran mamífero terrestre —el ser humano— abandonaba el sistema ecológico afroasiático. Homo sapiens había llegado a Australia, un lugar en el que, nada más llegar, ya estaba en el primer eslabón de la cadena alimentaria. Desde entonces se convertiría, en palabras de Noah Harari, en “la especie más mortífera en los anales del planeta Tierra”.

El nivel del mar ha ascendido desde aquellos tiempos, sumergiendo la costa indonesia —desde donde, supuestamente, partieron aquellos humanos— bajo cien metros de agua, lo que complica encontrar pruebas que esclarezcan el misterio de cómo pudo colonizar homo sapiens el continente australiano. Lo que sí sabemos es lo que pasó tras la llegada de este particular homínido poco peludo a esta antigua terra incognita: 23 de las 24 especies animales de más de 50 kilogramos, además de un buen número de otras de menor tamaño, desaparecieron para siempre en unos pocos milenios, la transformación más importante del ecosistema australiano en millones de años.

Esta historia se ha repetido muchas más veces. En cada isla, en cada nuevo continente. En el nuevo mundo la escabechina fue mayor. “Cuando el hombre llega a América vemos que desaparecen, al cabo de poco tiempo, los grandes mamíferos”, señala el catedrático del departamento de Estratigrafía, Paleontología y Geociencias Marinas de la Universitat de Barcelona Jordi Martinell. Tras cruzar un estrecho de Bering que aún no era estrecho debido al bajo nivel del mar, homo sapiens acabó, en apenas 2.000 años, con 34 de 47 géneros de mamíferos grandes norteamericanos y con 50 de los 60 sudamericanos, según las últimas estimaciones: mamuts, felinos dientes de sable, camellos y caballos americanos incluidos.

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Oleadas de extinción

Fueron los efectos de la primera gran oleada de extinción causada por el ser humano, ligada a la expansión de los cazadores-recolectores, tal como explica Noah Harari. Luego vendrían dos más: una con la revolución agrícola que transformó el modo de vida de homo sapiens de cazador-recolector a productor, a través de la extensión de la agricultura y la ganadería, y otra en la que estamos inmersos actualmente, causada por la actividad industrial.

La unión de esas tres oleadas se llama extinción masiva del Holoceno (el periodo geológico actual, que comenzó hace 11.700 años), un término peliagudo, ya que gran parte de la comunidad científica sostiene que hemos cambiado de era geológica. Desde esa perspectiva, estaríamos inmersos en el Antropoceno, una época que arrancaría, bien con la aparición de la agricultura, bien con la era industrial —según la fuente consultada— y que se caracteriza por el hecho de que homo sapiens ha transformado el planeta.

Debates aparte —en el Holoceno tampoco se sitúan los inicios de esta extinción masiva, que comenzó aproximadamente en el 50.000 a.C. con los cazadores-recolectores en Eurasia y Oceanía— otro término ha irrumpido con fuerza en los últimos años: la sexta extinción.

“El término no es descabellado”, apunta Ignacio de la Riva, investigador científico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), “indudablemente está pasando”. Se la cataloga como sexta, tras las cinco grandes extinciones masivas conocidas de la historia debidas a eventos geológicos, ya sean glaciaciones, erupciones volcánicas masivas o el impacto de grandes meteoritos. Todas acabaron, al menos, con tres cuartas partes de las especies, y la mayoría tuvieron una duración de cientos de miles de años. Esta es diferente. “La velocidad a la que está ocurriendo es enorme”, remarca el investigador adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, “la historia de la humanidad, y sobre todo la etapa industrial, es un parpadeo en la historia geológica y está produciendo una desaparición masiva de especies, especialmente desde hace dos o tres siglos, y el fenómeno sigue a toda velocidad”.

Población diezmada

El informe Planeta Vivo 2016. Riesgo y resiliencia en el Antropoceno, realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que analiza 14.152 poblaciones de 3.706 especies, afirma que la abundancia de poblaciones de vertebrados disminuyó de media un 58% entre 1970 y 2012, cifra que podría llegar al 67% al final de esta década.

En el caso de los mamíferos, otro informe publicado en mayo, Aniquilación biológica a través de la sexta extinción en curso señalada por las pérdidas y declive de la población de vertebrados, firmado por investigadores del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del departamento de Biología de la Universidad de Stanford, apunta que, de los 177 mamíferos estudiados, más del 40% han sufrido una pérdida de población superior al 80% desde principios del siglo XX. Un daño brutal a la biodiversidad que sigue teniendo un causante directo: homo sapiens.

Además de la causa y la extraordinaria rapidez, la sexta extinción tiene otra clara diferencia con las anteriores. A pesar de que en el Holoceno se han extinguido algunos grandes grupos, “la extinción de especies en su conjunto es una muestra muy pobre de lo que está ocurriendo, lo importante hoy son las extinciones locales, la desaparición de poblaciones de especies de una manera creciente en muchísimos lugares”, señala por su parte José Luis Tellería, catedrático del Grupo de Investigación Biología Evolutiva y de la Conservación de la Universidad Complutense de Madrid.

Tal como apunta, “la desaparición de una especie es un hecho dificilísimo, casi siempre queda algún ejemplar en algún sitio aunque haya desaparecido en estado salvaje”. Sin quitar importancia a la extinción de especies, hoy en día no hay, en general, una extinción total, sino una pérdida de población desorbitada.

Adiós al hábitat

Según el estudio de la UNAM y la Universidad de Stanford, casi la mitad de los mamíferos han perdido en el período comprendido entre 1900 y 2015 más del 80% de su rango geográfico. “La pérdida de hábitat sigue siendo hoy el principal de los problemas”, destaca Tellería, “y ya se aprecia que se va a hacer más dramática en combinación con el cambio climático”.

El informe Planeta Vivo 2016 señala que “desde 1990 han desaparecido 129 millones de hectáreas de bosque, un área más grande que Sudáfrica”, una cifra que por sí sola ocultaría la transformación de los bosques por la acción humana: según WWF, en términos brutos, en el mismo periodo desaparecieron 239 millones de hectáreas de bosques naturales.

La destrucción de hábitat es particularmente dañina en zonas tropicales. En estas áreas, “muchas especies tienen distribuciones pequeñas, con lo cual un impacto medianamente local puede llevarse por delante una especie entera”, afirma De la Riva. Y esto no influye solo a esa especie: “Tiene reacciones en cascada en todo el ecosistema”. Es un proceso que se puede ver hoy, entre otras zonas, en las selvas de Indonesia y Malasia, donde macroplantaciones de palma aceitera han destruido gran parte de la selva local.

A la disminución de las áreas geográficas se suma su degradación. Según el informe de WWF, “alrededor del 30% de la superficie terrestre ha sufrido una degradación considerable”, fruto de actividades como la agricultura insostenible, la extracción de agua dulce, la tala de bosques, el desarrollo residencial o la minería.

La contaminación contribuye, además, bien convirtiendo el ambiente en un medio insostenible para la supervivencia de algunas especies, como es el caso de los derrames de petróleo o sustancias tóxicas, bien alterando la disponibilidad de alimento o la reproducción de la vida.

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Introducción de especies

Al cóctel se suma la introducción de especies en ecosistemas que no son los propios. “Esto ha sido catastrófico”, expone De la Riva, “el número de especies que se han extinguido en islas por llevar otras especies es inmenso, aunque es muy difícil hablar de números”.

La especialidad del investigador es el estudio de los anfibios, precisamente la clase de vertebrado más amenazada, con 3.700 especies catalogadas en peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. “Esto viene por muchas razones —los ecosistemas de agua dulce son los más amenazados—, pero la más dramática es el caso de un hongo que ha extinguido, probablemente, cientos de especies”. Se trata del Batrachochytrium dendrobatidis —más conocido como Bd—, un organismo que se alimenta de la queratina de la piel y que ya se encuentra por todo el globo. “Alguna cepa variante del hongo más patogénica salió de algún sitio gracias a la actividad humana”. Solo en la cordillera de los Andes se calcula que Bd ha extinguido a un centenar de especies en apenas tres décadas.

Por si fuera poco, el cambio climático viene a apuntalar la sexta extinción sumándose con nuevos desórdenes y amplificando los efectos del resto de causas. Y podría ser peor: “En un escenario de calentamiento grave, digamos de 2 a 4 grados más para fin de siglo”, apunta el biólogo del MNCN, “a muchas especies les va a ser imposible adaptarse, esto va demasiado rápido”.

Océanos, antiguo santuario

Un medio quedó durante mucho tiempo al margen de este proceso: los océanos. Mientras homo sapiens practicaba su particular matanza al llegar a nuevas tierras, el mar quedaba al margen, utilizado solo para la pesca artesanal durante milenios, con escasas consecuencias. Pero eso se acabó.

“El mar ha dejado de ser un santuario y está cada vez más afectado por la sobreexplotación de especies y las artes de pesca destructivas”, remarca Celia Ojeda, responsable de Océanos de Greenpeace España. “En el Mediterráneo, el 90% de las especies pesqueras están sobreexplotadas, y esto afecta a otras que se ven afectadas por los impactos de la pérdida de especies”. Otra vez la diabólica cadena que rompe el equilibrio: en la naturaleza todo está relacionado.

“En mares cerrados, como es el Mediterráneo, la perspectivas son negras”, señala Martinell por su parte, quien añade que “con la expansión industrial brutal contaminando los ríos, ríos que acaban en el mar, estamos llenándolo de plomo y mercurio, además de los efectos de las explotaciones offshore de petróleo en el mar”. A los daños en la pesca y la contaminación se añade (y multiplica) el cambio climático, el aumento de la temperatura del agua y la acidificazación —responsables de la extinción de los corales, entre otros muchos organismos— y la disminución o aumento de la salinidad, según la zona.

Islas de plástico

Y como colofón industrial, los plásticos. “Hoy en día se han degradado y convertido en microplásticos, y están apareciendo en los estómagos de los peces, incluso en sus larvas”, denuncia Ojeda. Un problema que no afecta a pequeñas áreas, sino a auténticas islas de cientos de kilómetros cuadrados. “Fue una sorpresa traumática descubrir que había esas islas flotantes de plástico gigantescas. Son como una sopa de pedacitos minúsculos de microplástico que tienen un efecto descomunal en toda la cadena, no hay organismo marino al que se le examine y no contenga plásticos”, aporta De la Riva.

El resultado de todo esto: un destino incierto para miles de especies, una disminución de las poblaciones marinas del 36% (según WWF) y un 31% de las reservas mundiales de peces sometida a sobreexplotación (según datos de la FAO). Más lo que aún no sabemos: “El mar es un gran desconocido, además de un gran vertedero. No es tan fácil visualizar lo que está pasando allí. Es un lugar donde puede ser que se esté organizando el siguiente salto cualitativo relacionado con el cambio climático, un lugar peliagudo que viene acumulando muchas agresiones desde hace tiempo. Veremos dónde termina todo esto”, señala Telleria.

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La solución, la causa

Pero frente a esta perspectiva, hay espacio para la esperanza. “Hay una solución, es muy sencilla. Los problemas que hoy en día tienen la naturaleza y el hombre tienen que ver con el mal uso de la tecnología y del potencial modificador que tiene el ser humano, que hoy en día no conoce límites”, señala Tellería. En su opinión, “la acumulación de cultura es lo que ha hecho poderoso al hombre, y esa evolución cultural debería llevarle a asumir valores conservacionistas y otra manera de relacionarse con la naturaleza”.

En la misma línea, Martinell remarca: “El ser humano, si quiere, puede dejar los ríos y los mares limpios. Que sea caro es relativo, el precio lo ponemos nosotros, y el ser humano es capaz de arreglarlo”.

Las acciones a realizar para detener la sexta extinción son evidentes, aunque “el esfuerzo sería gigantesco”, como señala De la Riva. “Podemos evitar que el cambio climático sea peor de lo que va a ser, aunque el semáforo en rojo ya nos lo hemos saltado y la multa nos va a caer seguro. Y se podría hacer mucho más, como por ejemplo evitar el tráfico de especies”.

Por supuesto, la adopción de valores conservacionistas lleva a la recuperación de áreas naturales y la creación de santuarios como son las reservas marinas, zonas que además funcionan, como explica Ojeda, “como un parque nacional: protegemos una zona y se convierte en un ‘hotspot’ de biodiversidad que la exporta a otras partes”.

La responsable de Océanos de Greenpeace añade que, además, “se pueden tomar medidas para que disminuya el número de especies que están sufriendo esta sexta extinción y acabar con la sobrepesca mediante la toma de medidas por parte de los gobiernos”.

Paralizar inmediatamente la producción de plásticos de un solo uso, además de reciclar y gestionar adecuadamente los que homo sapiens necesite, es algo que resaltan tanto Ojeda como De la Riva. Y, por supuesto, la lucha contra el cambio climático, además del exceso de consumo de carne y pescado, es esencial.

A día de hoy, “como siempre, prevalecen los intereses económicos, pero llegará un momento en que sea el pez que se muerde la cola: o haces algo o te lo cargas todo, y tendrán que ceder”, sostiene el paleontólogo Martinell. ¿Cederá homo sapiens? ¿O continuará siendo, como dice Noah Harari, un asesino ecológico en serie?


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La visión antiespecista

“Muchas personas sostienen que la idea de que lo mejor que los seres humanos pueden hacer por los demás animales es extinguirse”. Catia Faria, doctora en Filosofía Moral por la Universitat Pompeu Fabra y activista antiespecista, rechaza esta tesis que enuncia y sostiene que esto sucede porque “a menudo los humanos intervienen en la naturaleza de maneras que son dañinas para los animales por motivos estrictamente antropocéntricos”, como por ejemplo la caza, “y otras veces los daños causados a los animales salvajes se dan por motivos ecologistas, como es el caso de los programas de control poblacional o de erradicación de ciertas especies consideradas invasoras”.

La autora de la primera tesis doctoral que estudia la ética de la intervención en la naturaleza, en la que aborda la cuestión de los daños que sufren los animales en el mundo natural, sostiene que la visión antiespecista “es clave para enfocar el problema de la extinción de la manera correcta”, con dos puntos fundamentales. Por un lado, “lo que daña a los individuos no es la extinción en sí, sino la muerte de sus miembros al privarlos de una vida futura que merecería la pena vivir”. Por otro, “el hecho de que un individuo no pertenezca a una especie en peligro de extinción no hace que su vida valga menos”. Por ello, afirma que contrarrestar la extinción de determinadas especies “no puede estar justificado cuando es a expensas de imponer graves daños a otros animales”.

Biodiversidad desconocida

¿Cuántas especies diferentes de seres vivos pueblan la Tierra? El investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas Ignacio de la Riva plantea que “hay descritas 1,8 millones de especies, aproximadamente”, una estimación que se incluye en la horquilla habitual defendida en diferentes estudios: de 1,5 a 2 millones. Pero esas son solo las conocidas. “Todo se mueve en un terreno tremendamente especulativo. Hay cálculos muy dispares de cuál puede ser el número real de especies que existen, desde algunos que estiman unos ocho millones a otros que hablan de cien”, señala, “pero no hablamos de grandes mamíferos, claro, sino de también de microorganismos, hongos, bacterias…”.

En lo que se refiere a los organismos más grandes dentro de la biodiversidad global —árboles o aves, por ejemplo—, las cifras se acercan más a la realidad, pero eso no ocurre con el resto de especies. Un consenso de la comunidad científica es que solo en lo referido a insectos la cifra podría ser “infinitamente superior a los que ya cononcemos”, remarca el experto del CSIC.

Cada año se descubren miles de organismos nuevos que se unen a la lista. Por ello, es difícil obtener números que indiquen cuántas especies se van a extinguir. Ni siquiera conocemos cuántas hay. “Ponerle números a todo esto es muy difícil”, indica De la Riva, “todo se basa en estimaciones”. Aunque él propone centrarse con un hecho claro: “Tenemos que quedarnos con la magnitud del desastre”.

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