Jóvenes españolas cuentan sus peores casos de discriminación racial y acoso

La voz de las mujeres afro es, tanto por su condición racial como por su condición de género, silenciada doblemente en nuestra sociedad…

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Por  Danilson Gómez y Nair Macedo

Después del último reportaje que hice en el que recogía los testimonios de mis compañeros, me di cuenta de que faltaba la voz de las chicas negras que viven en España, que están sufriendo las mismas o peores situaciones que mis amigos hombres, ya que ellas sufren también la discriminación de género. Por eso hoy recojo aquí su visión y sus testimonios, la voz de las mujeres afro, invisibilizadas doblemente en nuestra sociedad.

Nair, 22, insultada por un profesor en la universidad

Nair, es una de las chicas de la Kwanzaa Asociación Afrodescendiente Universitaria de la UCM (primera asociación afrodescendiente en las universidades españolas nacida a finales de 2014 en las facultades de Políticas y Sociología), quien comenzó explicándome la situación de las mujeres de la  comunidad afro y afrodescendiente en nuestro país.

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Tras décadas  de presencia afro en la sociedad española y con una cultura afro palpable en numerosos ámbitos de la cultura de nuestro país, cuyas raíces se remontan a la presencia musulmana en la Península Ibérica, la comunidad africana y afrodescendiente continúa invisibilizada. Invisibilizada en una sociedad racista y machista. Unas características sociales que a las mujeres afros nos atraviesan de los pies a la cabeza, porque como mujeres racializadas somos el primer objeto de racismo y machismo.

Replanteaos esto: si las mujeres blancas españolas sufren la violencia machista de forma continuada, imaginaos nuestra situación. Desde que nacemos tenemos que luchar por nuestra condición racial, pero también por el hecho de ser mujeres. A esto súmale tu orientación sexual, diversidades cognitivas o funcionales, tu condición socioeconómica o algo tan simple como el idioma.

En la actualidad, la sociedad española tiene reservado un espacio para las mujeres afro, es decir, tenemos que ser asistentas, dependientas, limpiadoras, cocineras o prostitutas. No les entra en la cabeza que podamos tener profesiones cualificadas. Un ejemplo: una conocida es abogada y es negra, y cuando iba a los juicios como defensora de un particular, el juez la confundía con la persona procesada en el delito. ¿Por qué? Es impensable para muchas personas la concepción de una abogada negra. Los medios de comunicación o la televisión tampoco son grandes aliados, no tratan de la misma forma la violencia que sufrimos. La imagen de la mujer afro como objeto exotizado está generalizada; pensad en las veces que habéis visto a una actriz afro en la televisión, ¿qué papeles interpretaba? ¿qué imagen quería transmitir?

Cansadas de esta situación decidimos organizarnos, compartir experiencias las unas con las otras. Te das cuenta de que no estás sola. Es más, como mujer afro mestiza que soy, sé que mis hermanas más oscuras sufren un racismo aún mayor del que sufro día a día. ¿Cuál ha sido nuestra solución? Empezar a empoderarnos, formando grupos feministas afros. Porque incluso en los grupos feministas españoles formados por personas blancas nos hemos sentido discriminadas. Por más que lo pretendan, no nos representan, no sufren nuestras opresiones, no se pueden poner en nuestra piel.

Desde el momento de mi nacimiento en Madrid en 1994 no he parado de ser protagonista en numerosos casos de discriminación. Cuando era un bebé a mi madre le cuestionaban el hecho de poder pagar una guardería privada: las madres de mis compañeras de clase creían que mi madre era mi niñera. Y así miles de situaciones.

Con 18 años llegué a la Universidad Complutense para estudiar Ciencias Políticas. Creía que los años de acoso y discriminación se acabarían, pero para mi sorpresa no fue así. En el primer día de una de las asignaturas, estaba sentada en primera fila y el profesor nada más empezar la clase no me quitaba la mirada de encima.  En un momento dado de la clase, hizo una pregunta dirigida a todas personas presentes y nadie supo contestar. Fue en ese momento cuando dirigió nuevamente su mirada hacia mí y me dijo “no sé si te has dado cuenta, pero este no es sitio para personas como tú, así que aprovecha que eres tan guapa para buscar un marido rico que te mantenga”. 

Me quedé mirándole, incrédula, no sabía cómo responder, ni mi cabeza ni mi cuerpo reaccionaban. Cuando volví en mí, mi compañera me daba golpes en la pierna y gritaba mi nombre. Me quedé en mi sitio el resto de la clase sin saber qué hacer. A los pocos días hablé con una profesora para intentar denunciar ante Decanato lo que había sucedido, ya que al haber tenido lugar en la universidad, en primera instancia la policía poco tiene que hacer, o más bien nada. Para nuestra sorpresa cuando las autoridades de la facultad descubrieron que aquella profesora me estaba ayudando, no solo a mí, sino a otras alumnas que también habían sufrido acoso por parte de ese profesor, amenazaron con despedirla.

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Paula Napi, 20, tratada como delincuente por ser negra

De todas las experiencias que podría contar, cuento esta porque tuvo lugar en la universidad. Soy estudiante de Gestión y Administración Pública de la UCM, y esto sucedió hace un año con un profesor suplente de la asignatura de Derecho Público que solo iba a darnos esa clase.

Al comenzar la clase el profesor se equivocó y yo le corregí, y eso no le gustó mucho. En un momento dado nos puso las noticias y una de ellas era la agresión de una estudiante afroamericana por parte de un policía, en un instituto de Columbia. En el vídeo se veía cómo el policía sacaba a rastras a la estudiante del aula. Al finalizar el video, el profesor dijo, y cito textualmente: “a esta será más difícil sacarla puesto que está agarrada a la silla”, refiriéndose a mí, ya que tenía el brazo por encima del respaldo de la silla. Y este comentario, en lugar de causar descontento o enfado por parte de mis compañeros, hizo gracia, porque empezaron a sonar carcajadas. Yo no pude aguantarlo y abandoné la clase.

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Vicky, 21, sexualizada  y cosificada

Mi nombre es María Victoria y soy una chica negra (mestiza) de procedencia guineana y española. Mi vida en España, el país que me ha visto crecer, ha estado llena de momentos desesperanzados, en los cuales me he dado cuenta de que nunca seré aceptada y, por lo tanto, debo luchar por mis derechos y mi empoderamiento en esta sociedad llena de prejuicios y discriminación diaria.

Puedo contar dos experiencias. Por un lado, hace bastante tiempo pasó por mi cabeza la idea de convertirme en modelo figurante y, para probar suerte, me apunté a varias agencias en Madrid y algunas otras online.

Para mi sorpresa, desde hace cuatro meses aproximadamente que llevo inscrita, he recibido respuesta por parte de varias compañías/castings para participar en campañas donde podría aparecer como una figura “exótica” con un reparto de mayoría blanca y para participar en proyectos donde debía aparecer en lencería e, incluso, desnuda.

En una ocasión, una empresa seria me contactó preguntándome por mis medidas, altura y fotos (algo común en este mundillo) y ofreciéndome un trabajo para trabajar días sueltos “muy bien pagado”. Hablé con estas personas en una supuesta “entrevista” donde me dijeron: “nos encanta tu perfil y llevamos mucho tiempo buscando alguien como tú, con tu imagen, tu carisma y tu apariencia. Estamos seguros de que te interesará, ya que es una oportunidad única y encajarías perfectamente”. El trabajo resultó ser de acompañante de empresarios entrados en edad, a los que tenía que acompañar a eventos y pasar la noche con ellos. ¿Qué parte de mi perfil, compuesto de fotos totalmente vestida, sin insinuación sexual alguna, hace pensar a estas personas que quiero ejercer de prostituta? ¿Será mi color de piel?

Por otro lado, como muchas jóvenes estudiantes, me he visto en la situación de trabajar de camarera en bares. Esto no debería suponer mayores problemas que los que ya conocemos en el mundo de la noche. Pero, para mi sorpresa, cuando empecé a trabajar en este tipo de ambiente, con aproximadamente 19 años, me veía continuamente asqueada por situaciones que en aquel momento no podía comprender. Trabajando en estos bares situados en barrios de Madrid de “alto nivel adquisitivo”, prácticamente todas las noches me veía expuesta a señores de 40, 50, 60 años ofreciéndome dinero a cambio de sexo, escribiéndome en servilletas sobre lo sexy que era y lo que pagarían por acostarse conmigo, o su ansia de sacarme de este mundo y transformar mi vida.

Por parte de la clientela femenina, debía soportar miradas de desprecio constantes, acepciones como “la negrita”, “la morenita” o “la exótica”. Además de un episodio a resaltar donde una clienta descontenta por razones completamente ajenas a mi persona, pidió una hoja de reclamaciones y me chillo en medio del local que “yo solo era una chacha negra que estaba allí para servirles”.

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Pilar, 19, sexualizada en las aulas de la facultad

“Estudio Gestión y Administración Pública. A finales del curso pasado, el profesor de Antropología subió nuestras notas al campus, era uno de estos días en los que solía dejar mi móvil apagado por desconectar un poco. Cuando lo  encendí y empezaron a llegarme un montón de mensajes, muchos del grupo de WhatsApp que tenemos en clase, al principio no hice mucho caso, salvo a unos mensajes de un número desconocido que me pedía disculpas por algo que no sabía muy bien qué era. Leí las conversaciones del grupo, donde se dio a entender que el profesor había subido las notas y la mayoría había suspendido. Me quedé perpleja al leer el comentario: “seguro que a la negra le habrá aprobado, como se la quiere follar. Perdonadme pero es que es así”. 

Ya no solo me molesta el hecho de que se dé a entender que yo, “la negra”, no pueda aprobar por mis propios méritos, que los profesores me aprueben a cambio de favores. Sino también que ninguno de mis compañeros saliera en mi defensa, y tranquilizasen al que había hecho el comentario diciéndoles que yo estaba exagerando, que él no era para nada racista.

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Gloria Sekor, 21, le negaron el alquiler de un piso en Madrid

“Una de las situaciones racistas que más me molestó sucedió hace dos años. Me fui de la residencia en la que estaba viviendo y necesitaba encontrar un piso para comenzar el segundo año en la universidad. Después de buscar mucho, encontré uno en Moncloa que estaba bastante bien.

Fui a verlo y estuve como una hora hablando con la casera. Me contó que era bastante católica y conservadora, por eso decidí que aunque alquilara el piso ella iría todos los domingos a hacer la limpieza y vigilar que no fuera “nadie extraño” a su casa. Me pareció un poco excesivo, pero necesitaba encontrar un sitio donde vivir, así que decidí que me quería quedar.

Me dijo que no le gustaba que fuera nadie ajeno, y aunque me hubiera gustado poder invitar a amigos alguna vez, acepté. No tenía muchas más opciones. Bajé al cajero para poder retirar el dinero de la fianza, pero no funcionaba y le dije que iría a buscar otro para poder hacerlo. En todo momento me acompañó para “asegurarse”.

Cuando le dije que tenía que buscar otro, me contestó que en realidad prefería alquilárselo a otra persona porque “ya sabía cómo eran los de mi calaña”. Todo esto con un notable tono de superioridad y desprecio. Me hizo coger mis cosas y marcharme. Cuando ya me había ido, recordé que me había dejado un libro que llevaba en el bolso, por lo que al día siguiente la llamé para poder recuperarlo. Su respuesta fue que ya lo había tirado porque no quería tener mis cosas en su casa. Estaba prácticamente sola en Madrid, por lo que después de quedarme un par de días en casa de una amiga tuve que volver a mi pueblo y volver a buscar piso, mientras el curso en la universidad ya había empezado”.

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Khady Cámara Danso, 18, incrédula ante la pasividad de las madres observando una situación racista

Como persona negra, afro española he sufrido racismo durante toda mi vida. Un día, volviendo del instituto, decidí coger el autobús para llegar a casa tranquilamente. El bus, como de costumbre, estaba poco lleno, hasta que llegaba a una parada cercana a un colegio.

Entraron dos niñas de unos 4 o 5 años y sus madres y se sentaron delante del asiento en el que iba yo sentada. De repente una de las niñas se dio cuenta de algo. Estaba sentada delante de una negra y se me quedó mirando fijamente. Yo la devolví una tímida sonrisa. Fue entonces cuando le dijo a su amiga: “No nos podemos sentar aquí, porque no somos como ella. Ella es negra y nosotras somos mejores. ¿A que sí?”. La otra niña asintió y ambas se cambiaron de asiento. Todo esto ocurrió ante la atenta mirada de sus madres, que ante la situación no hicieron nada. Me miraron, giraron la cabeza como si nada hubiese ocurrido, como si fuese normal que unas niñas de 4 años dijesen eso. Sin corregir ese acto racista.

Para mí, lo peor de todo esto es pensar que en realidad los niños nacen sin prejuicios: los adultos son los que los construyen en sus cabezas.

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