El tráfico de bebés en la España indecente e indeseable

Hasta ahora, nadie más que sus familiares buscan a estos niños y niñas robados, hoy ya adultos. Ni la Justicia, ni el Gobierno, ni las comunidades autónomas, ni el Defensor del Pueblo, ni la Unión Europea, ni la ONU… Ninguna institución los busca, salvo sus allegados, con los escasos medios a su alcance ¿Por qué sucede esto? ..

Los afectados han denunciados casos, acaecidos principalmente entre 1950 y 1990, en 175 hospitales, clínicas, casas cuna y residencias de todas las comunidades autónomas, y en concreto 34 de Andalucía, 25 de Cataluña, 24 de la Comunidad Valenciana, 22 de Madrid, 18 de Castilla y León, 12 de las Islas Canarias, 9 de Aragón, 7 de Castilla-La Mancha, 6 de Galicia, 4 de Extremadura, 3 de Baleares, los mismos que de Asturias y de Murcia respectivamente, 2 de Cantabria, otros tantos de Navarra y 1 de La Rioja.

Estaríamos hablando pues de miles, o decenas de miles, de ciudadanos, españoles o extranjeros, puesto que muchos fueron dados en adopción en otros países, que actualmente tienen una identificad falsa y que aún hoy día desconocen que fueron secuestrados y vendidos al nacer, puesto que a sus verdaderos padres les mintieron, aduciendo que su bebé había muerto. Son por tanto víctimas de un delito, el de la detención ilegal, que según la doctrina jurídica asentada es imprescriptible mientras permanezca el engaño.

Por Víctor Arrogante

No me voy a referir a los niños y niñas robados a las mujeres presas en las cárceles franquistas, hacinadas, mal alimentadas y con muchos piojos. No me voy a referir a las mujeres rojas republicanas y muchos de los niños separados de sus madres y dados en adopciones ilegales. Hasta 30.000 hijos de presas republicanas fueron tutelados por la dictadura entre 1944 y 1954. Aquí voy a recordar la historia de los niños robados durante el franquismo y la trama de tráfico criminal de médicos, enfermeras y monjas católicas. Algunos casos ocurrieron cerca de mi casa, en la maternidad de O’Donnell, Santa Cristina. Mi barrio que da para casi todo.

Un documental de la periodista Montserrat Armengou, abordó la represión que vivieron las mujeres y niños que fueron encarcelados tras la victoria de las tropas franquistas. Numerosos testimonios de mujeres, recordando las vejaciones sufridas. En muchos casos, el único «delito» que se les imputaba era ser esposas o hermanas de combatientes republicanos; un hecho que para los franquistas era suficiente para llevarlas a prisión junto a sus hijos, que al no ser registrados, quedaban sometidos a todo tipo de actos bárbaros. El objetivo era destruir a los «rojos», robándoles hasta a sus hijos. Su obsesión criminal tenía como objetivo reducir el contacto entre madres e hijos, impidiendo incluso «que mamaran leche comunista».

Durante la dictadura franquista se estableció un «plan sistemático» de «salvación» de niños, cuyos padres, por su ideología, eran considerados por el régimen no aptos para asumir su cuidado. Baltasar Garzón, en uno de sus últimos autos como juez, reclamaba «la obligación» de investigar estas desapariciones, sustracciones y cambios de identidad registradas durante la dictadura». El régimen franquista invocaba la protección de los menores. «Frecuentemente eran separados de las demás categorías de niños internados en las Instituciones del Estado y sometidos a malos tratos físicos y psicológicos». Para Garzón, estos actos constituyen delito, considerados como un crimen contra la Humanidad que no prescriben. El magistrado, instaba al Ministerio Fiscal y a los jueces a que investiguen, sancionen a los culpables y «se repare a las víctimas», de manera que puedan recuperar su identidad robada. También los niños sometidos al tráfico, «los niños perdidos, son parte de las víctimas del franquismo», concluía el juez.

Los niños robados hunden sus raíces en el franquismo. Lo que al principio tuvo una carga ideológica –robo de hijos de presas políticas y mujeres republicanas para dárselos a familias conservadoras–, pronto se convirtió en una trama criminal con fines lucrativos. Los casos más numerosos ocurrieron entre 1963 y 1970, aunque hay casos que llegan hasta los años 90. El doctor Eduardo Vela es el primero que se sienta ahora en el banquillo, procesado por el caso de los bebés robados. Ni siquiera sor María Gómez Valbuena (fallecida en 2013), llegó a ser juzgada, pese a las decenas de denuncias contra la monja, que en la maternidad de O’Donnell, organizó el robo de recién nacidos y adopciones irregulares durante más de 20 años.

El caldo de cultivo eran los matrimonios de familias acomodadas que no podían tener hijos; también la indecencia y la miseria en España. Se ponían en contacto con personas conocidas que les podían facilitar contactos y un hijo. Se desplazaban hasta la ciudad pactada y se hacía el intercambio en casas (pensiones) o parques. Mandaban a una matrona o auxiliar de enfermería de su propia ciudad, que falsificaba, previo pago, el certificado de alumbramiento y con él acudían al registro civil donde inscribían al bebé como propio. Todo por unas 50.000 pesetas de las de entonces. Aquí, en la esquina de mi calle, había una «Pensión», en donde las madres «patera», esperaban el momento del parto, antes de acudir a la maternidad de Santa Cristina y allí se consumaba la acción.

La trama se urdía entre las paredes de los hospitales. Redes de religiosos, médicos y funcionarios. Había madres que querían dar al niño en adopción, pero por regla general era mujeres jóvenes, pobres y solteras, presionadas por sus familias y los prejuicios sociales de la época que decidían no seguir adelante con su maternidad. En el peor de los casos, había madres sanas y con voluntad y deseo de ser madres, que tras dar a luz, le quitaban al hijo nacido, diciéndoles que había muerto. Nunca llegaban a ver el cuerpo del bebe ni el certificado de defunción. La criatura salía de la clínica con destino desconocido. Oscuridad, impunidad y delitos: suposición de parto y tráfico de niños, falsedad en documento público, coacciones y engaño a las madres biológicas.

Por medio del tráfico criminal, religiosos canallas y sin escrúpulos implicados, creyéndose con la potestad moral para quitar los recién nacidos a las madres sin recursos y dárselos a familias pudientes y conservadoras; o simplemente robar, secuestrar a la nueva criatura por dinero manchado de sangre. Médicos y enfermeras de hospitales públicos, formando una trama criminal por encima del bien y del mal.

La magnitud del escándalo llegó a alcanzar grandes proporciones. Las madres no tenían recursos culturales ni económicos. Eran solteras, jóvenes indefensas que se resignaban cuando les decían que el niño había muerto. Enfrente los adoptantes de buena fe y a los que miraban hacia otra dirección, que pagaban por los niños, por gastos médicos y papeleo burocrático. Todos son culpables; más, los intermediarios que se enriquecieron con cargo a la miseria y a la necesidad.

Entre 200.000 y 300.000 personas podrían vivir bajo la sombra de estos casos que hunden sus raíces en los últimos coletazos del franquismo y ven la luz ahora, cuando sus protagonistas descubren que su familia no es la que creían. Sus relatos descubren tramas de película: intercambios de niños por dinero a plena luz del día, bebés que salían del paritorio tras haber sido dados por muertos, matronas que falsificaban actas de alumbramiento y religiosos que bendecían en nombre de su dios inexistente.

Teniendo en cuenta la magnitud humana de los hechos acaecidos en España durante tantos años de impunidad, como reclaman los afectados, la Fiscalía debería retomar el caso, enmarcándolo como delitos de lesa humanidad…

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La ladrona de niños

El cielo de Madrid estaba encapotado y llovía suavemente mientras el doctor Enrique Berrocal certificaba la defunción de María Florencia Gómez Valbuena a las 8 de la mañana de un 22 de enero del 2013. La vida de sor María concluía en su cama del convento de las hijas de la Caridad en Madrid. Con casi 88 años sus pulmones habían dejado de funcionar por un empiema que, incluso, le supuraba por un costado. El último acto de su existencia fue tan subterráneo y secreto que no faltaron teorías conspiratorias sobre una posible falsa muerte de la monja para tratar de escapar a la acción de la Justicia.

Pero sor María murió. Y con ella han desaparecieron también sus famosos cuadernos de tapas azules, su magnífica memoria y su soberbia. «Siempre llevaba encima un cuaderno de pastas azules de tamaño cuartilla. Era una lista de padres que habían solicitado la adopción de un hijo, con la información esencial: nombres, teléfono, dirección y anotaciones sobre dinero. Todo estaba allí apuntado, incluido a qué familia le adjudicaba qué niño. Un día sor María se tenía que ausentar y me explicó que iba a venir un matrimonio y había que atenderlo. La orden estaba clara: les tenía que incluir como los primeros de la lista. Cuando llegó la familia les ponía los primeros por su cuenta corriente… ».

Quienes coincidieron con la religiosa la definen como autoritaria, rígida, arrogante, estricta e incluso inmisericorde. Un perfil poco adecuado para una asistente social. Pero sor María era más que eso. «Mandaba mucho», contaba una auxiliar que trabajó en la maternidad. «Y sobre todo es que era capaz de enfrentarse a cualquiera para conseguir sus objetivos». Se levantaba temprano y se recorría la maternidad de cabo a rabo. Uno de los sitios donde era frecuente encontrarla era mirando los carros que había en la oficina de cada planta. Quienes trabajábamos allí sabíamos que consultaba el estado civil de las mujeres, porque cuando había una soltera, sor María se iba a por ella». Esa parecía su obsesión: las mujeres solteras jóvenes, con circunstancias personales y económicas complicadas.

Después de identificar a las posibles donantes de bebés, comenzaba su cruzada con argumentos muy estudiados: «¿Has pensado que esta criatura podría tener un futuro si permitieras que se fuera con una familia buena, con posibles?». «Como una araña, iba tejiendo su tela». «Les lavaban el cerebro de tal manera que muchas accedían y firmaban el consentimiento para dar a sus hijos». Que las familias «tuvieran posibles» era un aspecto decisivo para que sor María pusiera un bebé en brazos de un matrimonio. Porque allí las adopciones no eran baratas.
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