Las siete cosas que Arabia Saudí debería prohibir en vez del ajedrez

El Gran Mufti del país, Abdulaziz Al Sheij -que es líder religioso pero no gobierna-, ha declarado una prohibición contra la práctica de este deporte por considerar que se trata de una pérdida de tiempo y de dinero que sólo consigue granjear el odio entre sus jugadores…

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Por Carmen Rengel

La prohibición del Gran Mufti no supone la ilegalización formal del ajedrez, pero las asociaciones de esta disciplina han manifestado ya su malestar ante esta fatua, lanzada desde la televisión. “El ajedrez -sentenció el clérigo-, es la obra de Satán; es el juego que hace del pobre un rico y del rico un pobre. Sólo causa hostilidad y derrocha tiempo donde el tiempo no se debería invertir”.

Palabras tan contundentes que tienen a la federación nacional asustada de que se empiecen a anular los más de 70 torneos de ajedrez que cada año tienen lugar en el país y que hasta trata de defender su compromiso con la comunidad musulmana recordando que en su escudo la pieza del rey no está coronada por una cruz, como es costumbre, sino por la media luna creciente del islam. Hasta en el Irán de los ayatolás tuvieron que dar marcha atrás a una prohibición similar años atrás, pero en Riad por ahora no ceden.

Ya que se ponen a vetar, proponemos a las autoridades saudíes algunas prohibiciones que podría aplicar, antes de emprenderla con el ajedrez.

Los latigazos como castigo social

Arabia Saudí practica como normal el linchamiento a latigazos de su gente. Es un castigo que se aplica conjuntamente con multas o condenas de cárcel, de distinta naturaleza. En los últimos años se ha condenado a 350 latigazos a un anciano británico que tenía en el maletero de su coche varias botellas de vino casero; a 200 a una joven que fue víctima de una violación múltiple y que, pese al abuso al que la sometieron hasta siete hombres, fue condenada por contar el suceso en los medios de comunicación y no ir acompañada de un hombre en el momento de la agresión; a 1.000 al bloguero Raif Badawi, galardonado por la UE con el Premio Sarajov, y a quien se castigó por crear un foro en internet para hablar con libertad de la realidad de su país; a 750 latigazos cada uno a tres jóvenes que acosaron a dos mujeres en la ciudad de Yeda y cuya acción grabó un transeúnte y acabó en las redes sociales; o a 2.000 a un chico que se puso a bailar encima de un coche y, en un momento de éxtasis, se quitó la camiseta.

Las decapitaciones

Otra práctica habitual para sancionar un delito es la pena de muerte por decapitación. En 2015 se calcula que hubo al menos 140 muertos por esta vía, una cifra récord. Se le ha aplicado a ladrones, narcotraficantes, asesinos con crímenes planeados o responsables de homicidios involuntarios. Amnistía Internacional sostiene que hoy hay al menos 50 personas esperando a que se ejecute su sentencia de muerte. Contrariamente al ajedrez, esto parece que no fomenta “la enemistad y el odio entre las personas”.

Las no aceptación de los ‘Derechos Humanos’

Arabia Saudita es uno de los pocos países en el mundo que no aceptan la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU. Se abstuvo cuando se celebró la votación. Teniendo en cuenta que se aprobó en 1948, quizá sea hora de revisar su postura… Hoy los derechos humanos en Arabia están basados en las leyes religiosas islámicas bajo el régimen monárquico de la Casa de Saud.

Organismos internacionales denuncian constantemente las violaciones de derechos en su territorio, entre ejecuciones, desigualdad o decisiones que hacen que la represión vaya en aumento, tras la aprobación en enero de 2014 de una ley “antiterrorista” que puede utilizarse para criminalizar las libertades de expresión, asociación y reunión.

Mujeres con deberes y sin derechos

Pese a que el pasado diciembre se dio un paso histórico, permitiendo por vez primera a las mujeres saudíes votar y ser votadas en unas elecciones, Arabia Saudí sigue siendo uno de los países en los que los derechos de las mujeres están más coartados. Este avance, junto con el de permitir a las mujeres que se hospeden en hoteles sin una carta de un guardián masculino, representa uno de los pocos logros en materia de igualdad en años.

Pero el concepto de tutela de los hombres sobre las mujeres aplicado en el país limita gravemente los derechos de éstas en la vida pública y privada. Las mujeres no pueden viajar, conducir, abrir una cuenta en el banco, tener trabajos remunerados, recibir educación superior ni casarse sin el permiso de un tutor varón. Además, las saudíes casadas con extranjeros no pueden transmitir su nacionalidad a sus hijos, mientras que los hombres en circunstancias similares sí pueden hacerlo, sin problemas.

No pueden mostrar su belleza con la ropa o el maquillaje y han de ceñirse a la abayao túnica negra. Tampoco pueden darse un baño, más allá de las playas exclusivas para mujeres. En los hoteles de lujo, las piscinas y gimnasios son únicamente para los varones. No pueden practicar deportes a la vista de todos ni hay gimnasios para ellas, no pueden probarse ropa en las tiendas -la idea suena a escándalo-, tienen prohibida la entrada a los cementerios, sus revistas cuentan con una censura previa mayor que la del resto del mercado y en el país no entran elementos de ocio o disfrute como una sencilla muñeca Barbie, porque también se la considera provocadora.

Los argumentos que se usan para esos vetos son tan peregrinos como, por ejemplo, éstos referidos a la conducción: “Lo que se busca es cuidar a las mujeres porque, si condujeran, tendrían que destapar sus caras y dejarían sus casas por más tiempo, por lo que correrían peligro”, dice uno de los clérigos que defienden la medida, adoptada formalmente en 1990 pero en vigor desde que manda la absolutista familia real.

Mujeres y hombres, además, ni se rozan. En muchos restaurantes hay filas diferenciadas, porque está prohibido que los sexos se mezclen, y más entre solteros. Los centros comerciales sólo permiten entrar a familias y no a personas solteras. Human Rights Watch denuncia que los intereses económicos acallan las críticas de Occidente ante este tipo de prácticas.

La desigualdad social

A pesar de que todos tenemos en la cabeza la imagen del lujo, el glamour, los rascacielos y los cochazos, Arabia Saudí afronta un fenómeno creciente de pobreza, que afecta ya a una cuarta parte de la población. Como el reino no aporta estadísticas sociales, distintas organizaciones y centros de investigación calculan que esa pobreza la sufren aproximadamente un 33% de los ciudadanos. Son datos de 2014, los más recientes. El desempleo -también estimado-, es del 10,5% aunque entre los jóvenes llega al 35%.

Arabia tiene la segunda reserva de petróleo del planeta y es el primer exportador mundial de crudo. Las cuentas del petróleo generan más del 90% de las exportaciones y representan el 75% de los ingresos del país. Sin embargo, los más de 365.000 millones de euros que ingresa por el petróleo no aportan un desarrollo homogéneo. Hay muchos ricos, sobre una base muy pobre.

El Islam y el ocio

Los teatros y los cines están prohibidos en Arabia, toda vez que la tradición wahabi considera estas instituciones “incompatibles” con el islam. No obstante, en algunos lugares privados se pueden encontrar representaciones teatrales, musicales y otras manifestaciones artísticas, pero no películas. Sólo hay un cine público en el país, una sala IMAX en Khobar, donde se exhiben únicamente documentales.

Una de las razones principales para cerrar estos espacios es que allí los hombres y mujeres pueden mezclarse sin ser supervisados, lo que les podría llevar a cometer acciones que no están permitidas antes del matrimonio.

En Arabia Saudita, además, las clases de música en las escuelas públicas están prohibidas. La música en sí está prohibida; las tiendas y centros comerciales no tienen música, las escuelas y las universidades tampoco. Pese a ello, empiezan a abrirse brechas en el cerco, después de que en septiembre la Sociedad para la Cultura y las Artes (una institución gubernamental) anunciase que iba a impartir clases musicales en al menos cinco ciudades del país. En Twitter, entonces, se leyeron mensajes como el del experto en asuntos religiosos Mohamed al Ganam, que escribió: “El estúpido que cree que la música construye un país, alivia y abre la mente, está insultando la razón, la religión y despreciando a los creyentes”.

Libertad de culto inexistente

El reino de Arabia Saudita es una monarquía teocrática islámica en la que el islam es la religión oficial, la ley exige que todos los ciudadanos sauditas sean musulmanes. La libertad religiosa es inexistente. Está prohibido tener una religión distinta al islam. Es más, en caso de que alguien se decida a abandonar o que se convierta a otra fe, la pena es la muerte. El Gobierno afirma que se reconoce el derecho de los no musulmanes a practicar sus cultos en privado, pero lo cierto es que en la práctica no se respeta y quien es sospechoso de no musulmán es relegado al ostracismo social absoluto.

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