La integración de España en la UE cumple 30 años

España se convirtió hace 30 años en miembro de pleno derecho de las entonces Comunidades Europeas, tres décadas en las que se ha beneficiado de las ventajas de una cada vez mayor convergencia, pero también ha experimentado en la crisis la cara menos agradable de ese proyecto aún incompleto…

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Con la llegada de la democracia, las aspiraciones de España por lograr su adhesión a las Comunidades Europeas cobraron impulso y el 26 de julio de 1977 el Gobierno del presidente Adolfo Suárez solicitó la incorporación del país a la Comunidad Económica Europea. Las negociaciones de adhesión se abrieron oficialmente el 5 de febrero de 1979 y fueron conducidas por los gobiernos, primero de Calvo Sotelo, y después de Felipe González.

Finalmente el 12 de junio de 1985 se produjo la firma. La rúbrica a la adhesión española la pusieron el entonces Presidente de España, Felipe González; el Ministro de Exteriores, Fernando Morán; el Secretario de Estado de Relaciones con las Comunidades Europeas, Manuel Marín; y el Embajador de España ante la UE, Gabriel Ferrán, bajo la atenta mirada del rey Juan Carlos I en el Salón de Columnas del Palacio Real el Tratado de Adhesión de España. Posteriormente, el Congreso ratificó la adhesión por unanimidad y el 1 de enero de 1986 España entró a formar parte de la Unión.

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Iniciación al europeísmo

La incorporación de España al proyecto de construcción europea acaba con el prolongado aislamiento del concierto europeo debido a diversas vicisitudes históricas. Esta marginación iba contra nuestra propia historia e identidad y nos hacía ser un país ensimismado y sin rumbo. Aquella situación de aislamiento se superó hace treinta años precisamente al incorporarse al proyecto más sugestivo y fecundo de la historia contemporánea europea. Aunque bien es cierto que fue una incorporación tardía ya que España no pudo participar desde sus comienzos en la gran aventura de poner las bases y dar los primeros pasos en el camino de la integración europea.

Iniciamos éste recorrido con la figura del europeísta español Salvador de Madariaga. Formó parte del Comité Internacional por la Unidad de Europa, que convocó, en la inmediata postguerra y en una Europa devastada, el famoso Congreso de La Haya de 1948, en el que, por su gran éxito, se puso en marcha con fuerza el proyecto de superación del modelo de la “Europa de Westfalia”, con el ideal de una unión política de los Estados europeos, edificada con los valores de la dignidad de la persona, de las libertades, de la democracia y del imperio de la ley, para garantizar la paz del continente y no volver a caer en cualquier veleidad totalitaria.

El europeísmo español vivió aquellos tiempos difíciles en el exilio y en el interior con una idea motriz, que se fue fortaleciendo, a medida que avanzaba el proceso de construcción europea: la idea de que la anhelada recuperación de las libertades y de la democracia en España y nuestra integración en la Europa unida formaban parte de un mismo proyecto, inseparable, que era el que mejor convenía a España.

Y fue bajo el auspicio del Movimiento Europeo, precisamente, cuando tuvo lugar (Múnich, 1962) la primera reunión pública en la que representantes y destacadas personalidades de todas las fuerzas políticas democráticas sellaron su compromiso de luchar por ese objetivo.

Por eso, no fue nada casual que la integración española en la Europa comunitaria formara parte esencial del consenso que se fraguó en la Transición. Gozó no sólo del amplísimo acuerdo de las fuerzas políticas, lo que no sucedió en otros países europeos, sino también de un general apoyo social y cultural.

Hay que reconocer el esfuerzo del conjunto de la sociedad española, de sus agentes económicos y sociales, para adaptar nuestras estructuras económicas y sociales a las exigencias del espacio europeo, que es ante todo una comunidad de derecho. Pero fue un esfuerzo que mereció la pena, porque promovió una potente modernización de nuestra vida económica y social.

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La decepción del proyecto europeo

Es precisamente la crisis económica que ha provocado que España haya tenido que ver la cara menos agradable de la UE. Tuvo que solicitar un rescate para la banca con problemas de 41.300 millones de euros a sus socios de la eurozona, con la consiguiente pérdida de soberanía sobre sus decisiones financieras y macroeconómicas por la supervisión reforzada de Bruselas.

Los duros ajustes y las reformas estructurales exigidas por Bruselas y los demás países miembros han sido quizás el peor momento en la reciente historia de España en la UE por las difíciles decisiones que implicaban para el Gobierno y las graves consecuencias que tenían para la sociedad española.

La crisis ha provocado que nos formulemos, a veces con perplejidad y con incertidumbre, nuevos y viejos interrogantes. ¿Qué Europa hemos construído?… Una Europa que salva a sus bancos y que no es capaz de conseguir ubicar a sus jóvenes. El desapego ciudadano hacia Europa no lo provoca la crisis sino la respuesta inadecuada a la crisis. Una Europa que ha respondido a la crisis con una severa austeridad que ha contribuido a generar mayor pobreza, precariedad e inseguidad.

Europa fue una idea esplendorosa que ha caído abatida por errores intencionados en su mayoría. Partimos de su pecado original: constituirse en una unión económica que nunca ha logrado trasladarse a lo social. Añadamos el fuerte nacionalismo de sus componentes. El predominio de la potente Alemania que, en particular desde el inicio de la crisis, pincha y corta a su antojo.

Fue Alemania, su canciller Angela Merkel, la que introdujo en nuestras vidas la “austeridad” dándole carta de naturaleza definitiva en la cumbre del G20 en Paris en 2011. Con ella tapaba bajo siete mantas de amianto la peregrina pretensión de “refundar” el capitalismo que se había alumbrado tras el desplome de Lehman Brothers y todo el sistema financiero internacional en 2008.

En las tres décadas de España en la UE destaca la firma en 1991 el Acuerdo de Schengen, el espacio europeo sin fronteras internas, que hoy está en juego por la crisis de refugiados y las amenazas terroristas. Los acuerdos de la cumbre de la Unión Europea para poner fin al drama de los inmigrantes generó decepción y críticas entre organismos de derechos humanos. «Una operación para salvar la cara, pero no vidas», dijo Amnistía Internacional; «la cumbre de la vergüenza»

La Unión Europea precisa una regeneración radical. Sería una lástima consentir que los burócratas neoliberales acaben con Europa. A España le interesa en particular, a ver si de una vez una Europa de los ciudadanos logra aventar la caspa ancestral que se apega obstinada a nuestras raíces.

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Futuro incierto

Durante un lustro, la UE ha defendido a capa y espada la ortodoxia y un paquete de medidas económicas prácticamente calcado para todos los miembros. Olli Rehn y Jeroen Dijsselloem desde la Comisión y el Eurogrupo recorrieron Europea negociando políticas de austeridad a cambio de ayuda y efectivo. Pero eso ha quedado atrás. La política económica está rota, y ya no hay ni ganas ni autoridad para seguir como antes. Las costuras saltan por todos los ángulos. Francia, que se salta todos los niveles del Pacto de Estabilidad a su antojo, dice que no cumplirá con el objetivo de déficit por su lucha contra el terrorismo. Italia, por la crisis de refugiados. España dice que sí, pero como ocurre sistemáticamente desde 2009 no cumplirá tampoco, o eso sostiene Bruselas. Liderada por un comisario, Moscovici, que como ministro no cumplió y que ahora está encantado de no apretar las clavijas.

Portugal ha ido un paso más allá. No ha enviado su Proyecto de Presupuestos para 2016, y nadie sabe cuándo lo hará. Y no pasa nada. De rigor se ha pasado “flexibilidad”. Ya no hay presión ni urgencia. Lo que hace doce meses era causa de crisis y Eurogrupos hasta la madrugada, hoy ya no importa demasiado. Hay otras preocupaciones, como que Finlandia ya diga abiertamente que unirse al euro fue un inmenso error. O que Alemania sigue mostrando la puerta de salida a Atenas.

Los programas de asistencia de la Eurozona han costado a los contribuyentes mucho más de 500.000 millones de euros. Varios de los programas están en marcha, incluyendo el español, aunque se esté pagando lo que se debe al Mede mucho más rápido de lo pactado. Pero la ‘Era de los rescates’ ha quedado atrás. La gran incógnita es si eso es una buena o una mala señal.

 

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